La civilización romana fue básicamente urbana. En todo el territorio controlado por Roma surgieron numerosas ciudades que se convirtieron en el centro de la vida social, económica y cultural, y sirvieron a su vez como focos de romanización, es decir, centros desde los que se difundía la cultura romana.
Las ciudades se solían situar en colinas más o menos elevadas, en lugares preferiblemente cerca del mar o ríos. Dentro del recinto de la ciudad debía haber agua y fuentes naturales para poder resistir posibles asedios del enemigo. Tenían una minuciosa planificación y su trazado se inspiraba en el de los campamentos militares.
Tenían un plano en cuadrícula a partir de dos ejes principales: el cardo maximus, de norte a sur, y el decumanus máximus, de este a oeste. Ambos ejes desembocaban en cuatro puertas de entrada a la ciudad situadas en las murallas. En el lugar donde se cruzaban las dos calles principales se situaba el foro, plaza central que era el centro de la vida urbana. En torno al foro se disponían los siguientes edificios principales:
Templos, que estaban dedicados a distintos dioses
Basílica, donde se reunían los tribunales de justicia, se discutía de negocios o simplemente se paseaba.
Planta de la basílica Ulpia (Roma)
Reconstrucción de la basílica Ulpia.
Basílica Ulpia (Roma)
Curia, edificio donde se reunía la Asamblea de representantes de la ciudad.
Tribunas para los discursos de políticos y gobernantes.
Mercados con multitud de locales para todo tipo de intercambios.
Monumentos de carácter honorífico o conmemorativo: estatuas, arcos del triunfo, obeliscos, columnas, etc.
Edificio de la Curia Julia en Roma
Reconstrucción del interior de la Curia Julia (Roma)
Dependiendo del nivel económico, en las ciudades podían encontrarse dos tipos de vivienda:
La domus: Eran las vivienda de las familias ricas. Eran casas unifamiliares, de una sola planta, que se organizaba en torno a un patio central, el atrio. Este patio estaba cubierto por un tejado con las vertientes hacia el interior y una abertura cuadrada en el techo para recoger el agua de lluvia, que caía en un estanque situado en el centro del atrio.
En torno al atrio se situaban las habitaciones: el vestibulum (recibidor), el tablinium (despacho) el triclinium (comedor) y los cubícula (dormitorios). Las habitaciones que daban a la calle se dedicaban a los negocios y se llamaban tabernae.
Triclinum
Villa de los misterios, Pompeya
Con el tiempo, los romanos añadieron, por influencia griega, un segundo patio a sus casas, el peristilo. En torno a él se organizaban las habitaciones más privadas y lujosas, para recibir a los amigos, decoradas con pinturas murales y mosaicos
Las insulae: eran viviendas de alquiler. En ellas se amontonaba la plebe romana, en cuartuchos de un espacio y confortabilidad mínimos. Carecían de agua y servicios. Las había hasta de cinco y seis plantas. Construidas con materiales y técnicas baratos, constituían un peligro constante de derrumbamientos, incendios y asaltos. Las plantas bajas solían dedicarse a tiendas y talleres artesanales.
Piso inferior de la ínsula de Ostia conocida como "Casa de Diana", donde se
situaban tiendas y escaleras que permitían el acceso a los pisos superiores.
La noche del 17 de diciembre de 1603, el astrónomo Kepler se hallaba sentado en el Hrasdchin de Praga observando la conjunción de dos planetas -Saturno y Júpiter- que se producía en la constelación de los Peces. Mientras se afanaba por calcular sus posiciones, Kepler dio con un escrito del rabino Abarbanel en el que se afirmaba que el nacimiento del Mesías debía producirse precisamente en esas circunstancias cósmicas.
Dado que era cristiano, este dato llamó la atención de Kepler, que no pudo dejar de preguntarse si el nacimiento de Jesús habría tenido lugar en una fecha en que se hubiera producido un fenómeno astronómico similar. Realizando sus cálculos, Kepler descubrió que una conjunción semejante se había dado entre los años 7 y 6 a. de C., lo que le llevó a percatarse de que esa fecha encajaba a la perfección con los datos proporcionados por el Evangelio de Mateo, ya que en este texto -el primero del Nuevo Testamento- se dice, efectivamente, que Jesús nació cuando aún reinaba Herodes el Grande, un monarca que falleció el 4 a. de C.
Aún más exacto que Kepler fue el erudito alemán P. Schnabel, que en el año 1925 descifró unos escritos unos escritos cuneiformes de la escuela de astrología de Sippar, en Babilonia, en los que se hacía referencia a la mencionada conjunción en el año 7 a. de C., y se indicaba que Júpiter y Saturno habían sido visibles durante un período de cinco meses. Efectivamente, hacia el final de febrero del año 7 a. de C. atravesaba el firmamento la citada constelación. El 12 de abril ambos planetas efectuaron su orto helíaco a una distacia de 8 grados de longitud en la constelación de los Peces. El 29 de mayo se vio durante dos horas la primera aproximación. La segunda conjunción tuvo lugar el 3 de octubre, el día del Yon Kippur judío o fiesta de la expiación, y finalmente el 4 de diciembre apareció por tercera y última vez.
Fue esta conjunción la vista por los magos, que no reyes, de los que habla el evangelio de Mateo. Unos personajes que no practicaban las artes ocultas, sino que pertenecían a la tribu meda del mismo nombre, ya mencionada por Heródoto, y que al parecer contaban con conocimientos astronómicos. Una vez más los datos encajaban con lo relatado por el evangelio de Mateo, e incluso explicarían la manera en que los magos pudieron ver la estrella y seguirla durante meses hasta llegar a Palestina. La misma se habría aparecido en diversas ocasiones: la primera llamando su atención y la última indicándoles dónde estaba el niño que había nacido y sería el mesías. De esa manera, por lo tanto, Jesús habría nacido en mayo u octubre del 7 a. de C., más verosímil en la primera fecha, y como señala el primer libro del Nuevo Testamento, su nacimiento había venido acompañado de la visión de un fenómeno astronómico en el cielo rastreado por unos magos.
Hoy quien se dirige a ustedes realiza el último programa de este año y desea recordarles que estamos en la época de navidad. No lo hace por cuenta de unos grandes almacenes, ni para traerles a la cabeza que en nochebuena habrá que cenar con los cuñados a pesar de que el resto del año se huya de ellos como de la peste. Tampoco pretende incitarlos al consumo o a la borrachera que, lamentablemente, caracterizan no pocas veces estas fiestas. Lo hace porque la Navidad nos permite recordar a alguien que derramó, derrama y derramará una luz muy superior a la del fenómeno astral que contemplaron hace más de dos mil años unos magos.
La Historia de la humanidad sería totalmente distinta si Jesús no hubiera venido al mundo. Nuestra sociedad padecería los males típicos de la por otros conceptos magnífica cultura clásica. La esclavitud, por ejemplo, seguiría siendo algo normal e incluso obligado porque, como señaló Aristóteles, "algunos hombres nacen para ser esclavos". Las mujeres continuarían casándose a los doce años, el límite de edad establecido en la Ley de las Doce Tablas, en matrimonios concertados, y sufrirían una tasa de mortalidad superior, a la que en la actualidad se da en las naciones más atrasadas del Tercer Mundo. Los niños podrían ser abandonados por sus padres en el mismo momento de nacer si así convenía a la economía doméstica, y la verdad es que casi siempre le convenía cuando se trataba de la segunda niña. Los enfermos se verían abandonados en las cunetas por los propios familiares para facilitar su muerte rápida y evitar el contagio. Y los ancianos no pocas veces recibirían alguna forma de eutanasia. Incluso en el seno del pueblo de Israel no sólo los ultraortodoxos, sino todos, seguirían rezando por las mañanas una fórmula que afirma: "Te doy gracias, señor, por no ser animal, ni mujer, ni gentil", marcando un muro de separación entre judíos y gentiles que sólo el cristianismo logró derribar.
Entendámonos: si Jesús no hubiera nacido seguramente seguiríamos teniendo elecciones y se construirían calzadas como en la antigua Roma, pero en medio de la tristeza típica de los clásicos, sólo cambio porque nació Jesús. Y todo ello en el supuesto de que Roma hubiera resistido a los bárbaros, porque si Godos o Hunos hubieran prevalecido arrasando el Imperio, nada nos habría llegado de la cultura clásica salvada por el cristianismo.
Tampoco habríamos conocido la fundación de la Universidad, ni mucho menos los grandes aportes de la Reforma, como una cultura bíblica del trabajo, la revolución científica del siglo XVI, la doctrina contemporánea de los Derechos Humanos, la alfabetización generalizada, la erradicación de la mentira y el hurto como pecados veniales, o la democracia moderna. Nada de eso hubiéramos tenido si Jesús no hubiera nacido. Y la prueba está en como brilla por su ausencia, en mayor o menor medida, cualquiera de estos fenómenos en aquellos lugares donde no se escuchó el mensaje del Evangelio.
Por añadidura, por encima de todos esos logros innegables vinculados al Cristianismo, millones de personas no habrían sabido a lo largo de estos dos milenios lo que es la paz de corazón, ni conocido la esperanza en medio de las dificultades, ni disfrutado de la confianza serena en la vida tras la muerte, ni experimentado el gozo del perdón, que no deriva de rituales y ceremonias, sino solo del abrazo gratuito de Dios y que únicamente puede ser recibido mediante la fe.
Jesús ha sido la luz que lo ha hecho posible para millones de seres humanos a lo largo de dos milenios. Lo que hoy pretendo dejarles no es un simple recuerdo histórico, se trata más bien de una reflexión y una invitación. Las dirijo ambas a todos aquellos que nos escuchan, los que no tienen voz, a los ancianos, a los enfermos, a los huérfanos, a los deprimidos, a los que están solos, a todos los que carecen de un empleo digno, a los que sufren, a los que no disponen de una persona que los escuche, a los que no ven futuro, a los que miran en torno suyo sin encontrar un rostro amigo, a los que lloran, a todos ellos y a muchos más quiero recordarles que la paz, la esperanza, la confianza, el perdón, todo eso y más, se halla a disposición de todos aquellos que abren sus corazones, a Jesús a pesar de la crisis económicas, las desastrosas castas que padecemos, o de la inseguridad relacionada con el futuro.
A todos ellos los invito a alegrarse, junto con el resto de nuestros oyentes, aunque parezca que no hay motivos. En realidad los hay de sobra, siquiera porque en 2014 podemos darle gracias a Dios porque hace más de dos mil años nació Jesús y su luz ilumina al mundo sumido en las peores negruras. Ahora mismo, en este mismo instante, está llamándoles para que acepte su reconciliación y su abrazo de amor. No dejen pasar un solo día más para hacerlo.
La República como forma de gobierno se mantuvo en Roma durante medio milenio, desde finales del siglo VI hasta el siglo I a. de C. Durante este periodo Roma se extendió primero por toda Italia y después por el Mediterráneo. Al mismo tiempo consolidó sus estructuras sociales y económicas más significativas: el paso de una sociedad rural a una sociedad fundamentalmente urbana, la creación de normas de derecho aplicables a todos los ciudadanos y el desarrollo de una cultura que se extendería por todo el Occidente.
La República romana se ha definido como “aristocrática”. Esto es así porque sólo un grupo social minoritario, los patricios, tenían acceso al gobierno. Las principales instituciones republicanas eran:
Las magistraturas. Al desaparecer la monarquía, el poder del rey quedó repartido entre una serie de cargos públicos, los magistrados. Las principales características de las magistraturas eran las siguientes:
Gratuidad. No se cobraba por ejercerlas y se desempeñaban a título honorífico.
Progresividad. Para llegar a ser cónsul, cargo de poder máximo, había que desempeñar antes las magistraturas inferiores. La carrera política se denominaba cursus honorum
Colegialidad: eran desempeñadas a la vez por al menos dos titulares (colegas).
Anualidad: La mayoría de las magistraturas duraban un año.
Potestas e imperium: Todos los magistrados tenían una serie de poderes, la potestas. Los magistrados más importantes (cónsules, pretores y dictadores) ostentaban también el imperium, derecho de vida y muerte sobre las personas y supremo poder militar. Los magistrados cum imperio iban acompañados por los lictores, escolta personal, que portaban los fasces (haces de varas con un hacha en medio).
El senado. Era el órgano político con más poder después de los cónsules. Al principio el número de senadores era de 300. Sus atribuciones eran muy amplias: asesoran a los magistrados y ratifican las decisiones del pueblo; controlan el erario público, la política exterior y los asuntos judiciales que tienen que ver con Italia. También decidían sobre la paz y la guerra.
Recreación del Senado de la república romana en un cuadro del siglo XIX que representa a Cicerón
Las asambleas populares o comicios, reuniones de los ciudadanos para decidir determinados asuntos. Aprobaban las leyes y elegían a los magistrados.
Desde los principios de la república, los plebeyos quedaron excluidos del senado o las magistraturas. Eso les llevó a luchar para obtener derechos iguales a los de los patricios. La amenaza por parte de los plebeyos de abandonar la ciudad de Roma llevó al senado a concederles unos magistrados especiales, los tribunos de la plebe, encargados de defender los derechos de los plebeyos. Posteriormente conseguirían que se les autorizase a desempeñar cargos públicos o que se permitiera el matrimonio entre plebeyos y patricios. A medida que la república romana extendía sus territorios, y aumentaba su poder, algunos plebeyos fueron enriqueciéndose y llegaron a compartir el poder con los patricios. Estos plebeyos eran denominados equites o “caballeros”.
La conquista de Italia.
Después de haber superado sus conflictos internos, Roma pudo emprender la conquista de toda Italia. Este proceso tuvo tres fases principales.
Desde los tiempos de la monarquía, Roma había establecido una alianza con otras ciudades del Lacio, la Liga Latina. El aumento del poder de Roma la elevó a una posición hegemónica entre las ciudades que conformaban la alianza, que trataron de librarse de su dominio. El resultado fue la Guerra Latina (343-338 a. C.) de la que Roma salió como vencedora. A partir de ese momento las ciudades latinas fueron convertidas en municipiae y pasaron a estar controladas por Roma.
La conquista de la península Italiana por parte de Roma
Tras conseguir dominar el Lacio, los siguientes 50 años Roma libró tres guerras contra los samnitas, un pueblo de rudos y guerreros montañeses instalados al sur de Roma. A pesar de la grave derrota sufrida en la batalla de las Horcas Caudinas (321 a. de C.), tras la que el derrotado ejército romano fue humillado a pasar bajo el yugo de las lanzas samnitas, el enfrentamiento terminó con la victoria de Roma en el 290 a.C.
El episodio de las Horcas Caudinas por Charles Gleyre
Vencidos los samnitas, Roma continuó su avance hacia el sur, que culminó con la conquista de la Magna Grecia, colonia griega en el sur de la península. con lo que Roma dominaba ya toda Italia (264 a. de C.).
La conquista del Mediterráneo occidental
Terminada la conquista de la península, Roma inicia su expansión por el Mediterráneo, cuyo primer episodio fueron las tres guerras púnicas que los romanos mantuvieron con los cartagineses.
La Primera Guerra Púnica (264-241 a. de C.) permitió a Roma apoderarse de Sicilia (260) y de Córcega y Cerdeña (241).
Las Guerras Púnicas según el videojuego de "Imperium"
La Segunda Guerra Púnica (218-201 a. de C.) fue motivada por el ataque del general cartaginés Aníbal a Sagunto, ciudad de la península ibérica aliada de Roma. Aníbal avanzó contra Roma con un ejército de 40.000 hombres y una comitiva de elefantes, cruzó los Alpes y derrotó a los romanos en Cannas (216). Tras estas derrotas, Roma se recuperó y logró derrotar a Asdrúbal, hermano de Aníbal, en el río Metauro (207) cuando acudía con refuerzos. Posteriormente, Escipión el Africano expulsó a los cartagineses de la península ibérica y los venció en África, en la batalla de Zama (202). De este modo los romanos iniciaron la conquista de la península ibérica, que pasó a formar parte del Imperio con el nombre de Hispania.
La batalla de Cannas, extracto del documental "Annibal,
el peor enemigo de Roma".
Principales batallas de la Segunda Guerra Púnica
La Tercera Guerra Púnica (149-146 a. de C.) se inició con el ataque de los cartagineses a Masinisa, rey de Numidia y aliado de Roma. Cartago fue asediada y destruida por Escipión Emiliano el año 146 a. de C., convirtiéndose en provincia romana de África.
La conquista del Mediterráneo oriental
En el transcurso del siglo II a. de C. Roma completaría su dominio sobre el Mediterráneo.
La alianza entre Filipo V de Macedonia y Aníbal, durante la Segunda Guerra Púnica, sirvió a Roma como pretexto para atacar a los macedonios, que fueron derrotados en Cinoscéfalos (197) y Pidna (168), con lo que Macedonia se convirtió en provincia romana. Grecia, bajo el poder de Macedonia, fue incorporada a Roma en el año 146. En el año 133, Atalo III, rey de Pérgamo, legó su reino a Roma, para terminar con una falsa independencia, convirtiéndose en provincia asiática del Imperio. En el año 123, Roma conquistó las Baleares y en el 122, la Galia Cisalpina y la Galia meridional.
A comienzos del siglo I a. de C., el Mediterráneo era un mar romano (Mare Nostrum) y aunque se produjeron algunas rebeliones en las provincias, no triunfaron. Esto proporcionó a Roma el control de una inmensa riqueza que explotaba en su beneficio, como tierras de cultivos y minas de oro, plata y otros metales, así como el incremento del número de esclavos para explotar esas minas y tierras gracias a las guerras y a las conquistas. Roma también recibía cuantiosos tributos que debían pagar las ciudades y provincias conquistadas. Todo esto trajo consigo el aumento de poder de los generales victoriosos, que acumularon no sólo gran influencia, sino grandes riquezas debidas al saqueo y a la corrupción.
La crisis de la república
Roma creció y se enriqueció con las conquistas, los botines de guerra y los tributos que debían pagar las provincias y las ciudades aliadas. Pero las instituciones republicanas, creadas para administrar una ciudad de reducida extensión, eran poco aptas para controlar un territorio tan extenso como el que dominaba Roma. Sólo los habitantes de Roma y de algunas ciudades aliadas gozaban del derecho de ciudadanía. Además, la distribución de la riqueza y de los derechos políticos no se realizó de forma equitativa, lo que originó importantes movimientos de protesta.
Por otra parte, los patricios y los plebeyos ricos eran los únicos que tenían acceso a las magistraturas, a los cargos públicos de gobierno. El conjunto del pueblo romano sólo tenía derecho a reunirse en asambleas o comicios, convocados por un magistrado. Esta situación originó protestas y levantamientos de los plebeyos
Al mismo tiempo la esclavitud fue aumentando, a causa de la mayor riqueza de los ciudadanos y del Estado, y se produjeron importantes revueltas de esclavos, como la Espartaco (73-71 a. de C.), que fueron duramente reprimidas.
Conquistas de Pompeyo (azul) y Julio César (amarillo)
La situación de descontento y falta de control político favoreció la formación, en el año 60 a. de C., de un primer triunvirato, un gobierno formado por tres generales: Pompeyo, Craso y César, sin el apoyo del Senado. El triunvirato duró poco. Craso murió (53 a. de C.) en la guerra de Siria, mientras César llevaba a cabo la campaña de la Galia, situación que aprovechó Pompeyo para nombrarse cónsul único. Julio César reunió sus ejércitos y avanzó hacia Roma dispuesto a enfrentarse con Pompeyo: el 10 de enero del año 49 a. de C. cruzó el Rubicón, el río que servía de frontera entre Roma y la Galia, en un gesto que significaba una declaración de guerra. Pompeyo huyó a Egipto donde murió asesinado.
Cesar ocupó Roma y asumió la dictadura perpetra comportándose como un auténtico monarca hasta que fue asesinado por un grupo de senadores, unidos en torno a Marco Junio Bruto y Cayo Casio, el 15 de marzo del 44 a. de C.
Muerte de César (1798) por Vincenzo Camuccini. Julio César recibió más de 20 puñaladas ya que todos los conspiradores debían mancharse las manos con su sangre, pero sólo una sería mortal: la que le asestó su hijo adoptivo Bruto en la espalda y que le atravesó el corazón.
Tras su muerte se formó el segundo triunvirato, integrado por Marco Antonio, Octavio y Lépido, en el año 43. Tras vencer a los republicanos (Bruto y Casio) en la batalla de Filipos (43 a. de C.) se dispusieron a aplicar la política dictatorial de César, pero Lépido abandonó las tareas de gobierno en el año 36 a. de C. y Octavio venció a Marco Antonio y a Cleopatra, su aliada y reina de Egipto, en la batalla de Actium (31 a. de C.). Egipto se convirtió en provincia romana y Octavio, sobrino e hijo adoptivo de Julio César, pasó a gobernar Roma con el apoyo del Senado, bajo el nombre de Augusto y con el título de Emperador, dando así comienzo una nueva etapa en la historia de Roma: el Imperio.
La Pax romana.
En el año 27 a. de C. Octavio se convirtió en el primer emperador de Roma, con el nombre de Augusto. Augusto se hizo nombrar príncipe, reuniendo en su persona todos los poderes:
el imperium consular o jefatura suprema del ejército;
el poder tribunicio, o derecho a presidir el Senado y ejercer el veto
el pontificado o dirección de la religión oficial romana.
La tarea más importante de Augusto fue lograr la paz en todo el Imperio, para lo cual reorganizó algunas provincias (como Galia o Hispania), reforzó las fronteras de otras, para evitar el acoso de los pueblos bárbaros (fronteras del Danubio) e hizo la paz con los partos. La misma tarea pacificadora se aplicó a Italia, con medidas como la represión del bandolerismo y la aplicación de una ley igualitaria de tributos. De este modo, Augusto consiguió una paz que se prolongaría casi ininterrumpidamente durante dos siglos (la pax romana) y un desarrollo cultural extraordinario.
El emperador Augusto
Durante los dos siglos que siguieron al reinado de Augusto (siglos I y II de nuestra era) el Imperio romano vivió su mayor esplendor, tanto desde el punto de vista económico como cultural. La larga paz de que disfrutó el Imperio contribuyó en gran medida a ello: se podía viajar sin ningún problema de un extremo a otro del Imperio, desde Egipto hasta Britania, el comercio no hallaba obstáculos, se multiplicaron las obras públicas y en las provincias se desarrollaron ciudades florecientes a imagen de Roma. Las provincias, sobre todo, se beneficiaron de la llegada al poder de emperadores nacidos en ellas, como Nerva, Trajano y Adriano, de Hispania, o Antonino, de Galia.
Detalle del Ara Pacis Augustae, altar construido por el Senado como agradecimiento a Augusto por sus victorias en la Galia e Hispania y la consecuente paz que trajo con ellas.
El mandato de Marco Aurelio (161-180) significó el final de la paz. En el 167 varias tribus bárbaras cruzaron las fronteras del Rin y del Danubio, empujadas por una oleada de pueblos godos de la Europa central, atravesaron los Alpes e invadieron la península italiana. Marco Aurelio rompió el principio de adopción: en vez de adoptar como hijo a aquél que considerase más idóneo para gobernar el Imperio, nombro heredero en su hijo Cómodo (180-192), quien además ejerció el poder de forma despótica, provocando la rebelión del 192 y la toma del poder por el ejército, que a partir de ese momento se encargó de nombrar y derrocar a los emperadores.
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¿Quiénes eran los “equites”? ¿Qué privilegios concedía el ostentar el poder del “imperium”?
¿Cómo consiguieron los plebeyos que se instaurara la magistratura del Tribuno de la Plebe?
Describe las principales instituciones republicanas.
Según el documental sobre la batalla de Cannas, ¿cuántas bajas sufrió el ejército romano? ¿En qué batalla se produjo la derrota definitiva de Aníbal?
¿Cuál fue la principal causa de las Guerras Latinas? ¿Cómo cayó Grecia bajo el control de Roma?
Según el documental sobre las Guerras Púnicas, ¿cuál fue la primera ciudad de Hispania que conquistó Amilcar Barca? ¿qué general romano y en qué año tomó esta ciudad durante la segunda guerra púnica?
¿Cuáles fueron las consecuencias de la creación de un gran Imperio en torno al Mare Nostrum?
¿Qué fueron los triunviratos? ¿Quiénes los integraron?
¿Por qué algunos senadores conspiraron contra Julio César?